Cuando Estados Unidos creó su propia moneda, no inventó una unidad nueva. La ley del 2 de abril de 1792, la que fundó la Casa de Moneda en Filadelfia, dice que cada dólar debe tener "el valor de un dólar español acuñado a máquina, tal como circula hoy", con 371 granos y cuatro dieciseisavos de plata pura. Son unos 24 gramos, casi lo mismo que pesan cinco monedas de 5 centavos de dólar.
Ese dólar español era el peso de ocho reales, una moneda grande de plata que la corona española acuñaba en América, sobre todo en la Ciudad de México, y también en Lima y Potosí. Viajaba con el comercio por todo el mundo, y en las colonias inglesas de América era la moneda que la gente tenía de verdad. En inglés le decían dollar, un nombre que viene del tálero, una moneda grande de plata que se acuñó primero en un valle minero de Bohemia.
El país nuevo no echó al peso. Una ley del 9 de febrero de 1793 hizo de curso legal las monedas extranjeras de oro y plata a tasas fijas, con el peso español a 100 centavos. La misma ley decía que las demás monedas extranjeras de plata dejarían de ser de curso legal tres años después de que la Casa de Moneda empezara a acuñar las suyas, pero hacía una excepción con el peso español y sus partes. Se quedaron.
Se quedaron hasta una ley del 21 de febrero de 1857, que derogó todas las leyes que daban curso legal a monedas extranjeras. Esa ley muestra cómo se usaban las piezas españolas: nombra "el cuarto de dólar, o pieza de dos reales", "el octavo de dólar, o pieza de un real" y el medio real, y dice que el Tesoro y las oficinas de correo las recibirían a 20, 10 y 5 centavos para mandarlas a fundir y acuñar de nuevo.
Un real era la octava parte del peso, y en inglés le decían bit. Dos reales hacían un cuarto de dólar, y por eso en Estados Unidos todavía hay quien llama two bits a la moneda de 25 centavos. La misma ley de 1857 eliminó el medio centavo y achicó el centavo, que pasó a ser 88 por ciento cobre y 12 por ciento níquel.